domingo 23 de julio de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online

EXPLOSIÓN CIBERPUNK

Treinta años después, Akira permanece como intocable icono de la ciencia ficción

Akira

“A las 2:17 p.m. del 6 de diciembre de 1992, un nuevo tipo de bomba estalló sobre el área metropolitana de Japón.

Nueve horas después empezó la Tercera Guerra Mundial.”

Akira, páginas 1-4

 Los fenómenos de revival son inevitables, una mala jugada de la memoria y la nostalgia. Por cosas de los ciclos, el que más recientemente hemos sufrido es el de los ochenta, años que fueron claves en la configuración del mundo que hoy padecemos y marcan el final del siglo XX abreviado. Sin embargo, otra cosa que tienen los revivals es que se centran habitualmente en la moda y en la música, y en ambos casos la década de Naranjito no destaca por haber sido especialmente brillante, a pesar de lo que digan los nostálgicos de la Movida. En cambio el cine de esos años está bastante infravalorado, y en cuanto al cómic, vivió por aquél entonces una auténtica época dorada, tanto en las grandes compañías como en las revistas independientes y el underground más fanzinoso. En esta edad de oro debemos situar la obra magna de Katsuhiro Otomo (prefectura de Miyagi, 1954), Akira.

Otomo, que tras acabar en el instituto se mudó a Tokio para perseguir su sueño de convertirse en mangaka profesional, ya había alcanzado el éxito con su obra Dõmu (1980-1982), relato de terror de unas doscientas páginas (o sea, breve para los estándares japoneses) en el cual la investigación policial de una serie de muertes en un macrobloque de apartamentos va dejando entrever la presencia de inquilinos con poderes paranormales. Un thriller perfectamente dosificado que mantiene a la vez la angustia y la curiosidad del lector.

Sin embargo, el siguiente paso de su carrera empequeñecería lo conseguido hasta entonces, confirmándose con posterioridad como su mayor logro comercial y de crítica hasta la fecha. En 1982, la revista nipona Young Magazine comienza a publicar el serial Akira. Ambientada en el año 2019, tras una Tercera Guerra Mundial a la que de manera improbable la humanidad ha conseguido sobrevivir, la historia está localizada en Neo-Tokio, reconstrucción de la capital japonesa. Esta macrourbe futurista es el escenario en el que Kaneda y su banda de adolescentes moteros, compañeros del correccional, rechazan la autoridad y se ponen ciegos de drogas sintéticas.

Dicha troupe sale a correr por las noches en autopistas cortadas al tráfico hasta que una noche, cerca del área de la explosión de 1992, en el lugar donde se construyen las instalaciones para los J.J.O.O. de 2020 (esto lo clavó, el tío), Tetsuo, protegido de Kaneda, tiene un accidente al colisionar contra un extraño niño-anciano que acto seguido desaparece como por arte de magia. A partir de este suceso, comienza a despegar la trama a un ritmo frenético que engancha y no suelta durante las más de 2000 páginas de la saga.

TakashiLos militares, dirigidos por el severo Coronel, aparecen inmediatamente en el lugar del accidente, y al analizar la condición de Tetsuo descubren en él potencial para su Proyecto ultrasecreto. Proyecto en el que también se verá involucrado Kaneda a través de su relación con la joven Kai y su compañero Ryu, revolucionarios terroristas que investigan la implicación del gobierno en diversas maniobras camufladas alrededor de la misteriosa figura de Akira.

El grafismo es simplemente espectacular. Si en Dõmu ya había dado muestras Otomo de su familiaridad con el hormigón, y su maestría para representarlo en todas las condiciones de fractura, en Akira no se queda atrás, utilizando el dominio de la perspectiva y el exquisito sombreado en B/N para representar un urbanismo abigarrado, laberíntico. A lo largo del cómic tenemos varios momentos a doble página, bien para mostrarnos “el gran dibujo” de Neo-Tokio, un personaje a mayores además de ser el escenario de la historia, bien para dar la escala correspondiente a las grandes batallas ocurridas en la ciudad.

No podía faltar la cacharrería que tanto gusta en la ciencia ficción en general y a los creadores nipones en particular. En Akira podemos catalogar varios modelos de motocicleta (la más molona, por supuesto, la de Kaneda), cacharros voladores al estilo Retorno del Jedi, robots-tanque-patinadores (funcionando como antidisturbios), tanques convencionales, helicópteros de transporte, cazabombarderos, portaaviones, zepelines, satélites y diverso armamento ligero y pesado, todo ejecutado con obsesivo detalle y coherencia. En un registro diferente, aunque compartiendo la atención por el detalle, la representación del templo de Lady Miyako es otro de los puntos álgidos de la obra en lo que a dibujo se refiere.

Tanque

Pero es el guión el que hace que todo funcione y no se quede en un vano ejercicio de pirotecnia gráfica. Si bien los personajes no son un prodigio de complejidad y evolución, sí aportan una considerable dosis de tensión y misterio. Por otra parte, la trama va incorporando sucesivamente nuevos actores y factores después de cada giro o catástrofe, manteniendo el drama en lo más alto hasta el final, y todo ello sin escatimar en secuencias de acción de alto voltaje.

En 1988 Otomo realizó la adaptación cinematográfica de su propia obra, ejerciendo un poder ganado a base de puro éxito (en 1984 Akira fue reconocido como el mejor manga de Japón). El hecho de que el cómic no se completó hasta 1990 explica las diferencias entre la película y el original: la adaptación se queda con un guión mucho más liviano, que reproduce el inicio del manga con bastante fidelidad pero acaba atajando hacia el desenlace. En cuanto a éste, no es muy diferente al que se vería finalmente en el cómic, eso sí, la película se come un montón de interesantes meandros narrativos, además de personajes pintorescos (mi preferido, el Hombre-Pájaro), y el final precipitado se hace un poco opaco en términos de comprensión de la obra. Dos horas bien aprovechadas, pero insuficientes para representar todos los temas abordados en el original. Aún así es una película de enorme nivel técnico y artístico, destacando el espectacular juego de luces, sombras y reflejos exhibido (persecuciones nocturnas, vidrieras de rascacielos…). La música pone un tono apocalíptico perfectamente adecuado, utilizando percusión tradicional japonesa, órgano y coros gregorianos.

Considerando la influencia de Akira en la cultura, se trata sin duda de uno de los iconos globales del ciberpunk, subgénero que un día monopolizó el fantástico y que aún goza de razonable salud por el no tan reciente resurgir de la ciencia ficción. Si bien evita el tema de la confusión entre percepción y realidad tan habitual en esta corriente (alabemos a Phillip K. Dick, precursor en general y Dios de la ciencia ficción), ejecuta una mezcolanza de tecnología y misticismo en la figura de los Números del Proyecto: a través de esta síntesis llegamos a la relación del individuo con el Cosmos o matriz, otro tema importante en estas coordenadas creativas.

Al final, no es casualidad que Frank Miller diese un barniz japonés a su particular aportación al género, la brillante novela gráfica Ronin (1983); por otra parte, en 1988, coincidiendo con el tirón del lanzamiento de la película, Marvel comenzaría la traducción inglesa de Akira en su línea Epic, siendo uno de los primeros manga en ser íntegramente traducido (en 1991 Glénat iniciaría su traducción francesa). Además, la versión de Epic fue coloreada por Steve Oliff, elegido específicamente por Otomo y que hizo de Akira la primera serie regular realizada con coloración digital. Si bien el B/N original se antoja insuperable, el trabajo de Oliff resulta cuando menos notable.

Epic Color

 En definitiva, y acompañado por su versión cinematográfica, Akira se convirtió en la punta de lanza de la segunda oleada de exportación de la cultura popular nipona, tras la producida a finales de los 60. Y a la vez proporcionó a Canon, Citizen ó Shoei publicidad que sobrevivirá a las propias marcas (al estilo de la de TDK en Blade Runner). Habrá que suponer que el bueno de Katsuhiro haya cobrado por ello.

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