jueves 23 de noviembre de 2017 -
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De cómo Hayao Miyazaki e Isao Takahata han hecho de Ghibli un referente mundial

ghibli

Walt Disney representó uno de los mayores éxitos de la globalización, a la altura de la Coca-Cola. Fue un pionero en ofrecer un producto infantil, y cuando la proporción de mercado y los dineros gastados en este sector crecieron exponencialmente, sus estudios se convirtieron en una marca de máximo impacto. Hasta el remoto Japón llegó su impronta, y allí acabaría naciendo una versión alternativa de su modelo de animación, siendo como el norteamericano plenamente conscientes de que lo infantil debe complementarse con lo adulto pues, ¿acaso no llevamos todos un niño dentro? Hablemos de Ghibli.

ElCastilloEnElCieloEl estudio Ghibli nace como una colaboración a cuatro manos entre los directores Hayao Miyazaki (Tokyo, 1941) e Isao Takahata (Ise, 1935), quienes con anterioridad habían trabajado juntos en series de televisión como Lupin III ó Heidi, aún hoy clásicos vigentes de la pequeña pantalla. La primera película de Ghibli es El castillo en el cielo (Tenku no shiro Rapyuta, Hayao Miyazaki, 1986), dirigida por Miyazaki y producida por Takahata. Se trata de una aventura en la que los niños protagonistas cabalgan los cielos en estructuras voladoras que recordarán los espectadores de series como Conan, el niño del futuro, o Sherlock Hound (la de Holmes y Watson perrunos) en las que el imaginativo Miyazaki estuvo también involucrado. Los valores clásicos antibelicistas y sentimentales sobrevuelan un film que no da respiro. A destacar la música, a cargo de Joe Hisaishi (Nakano, 1950), quien se hará responsable de todas las bandas sonoras de los largos de Miyazaki, demostrando sobrada capacidad de evocación.

Isao Takahata

Isao Takahata

En 1988 las dos cabezas rectoras del estudio estrenan película. Por una parte, Takahata rompe con rotundidad con la asociación entre animación y comedieta infantilista. La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, Isao Takahata, 1988) es un dramón en toda regla, basado en la novela semiautobiográfica de Akiyuki Nosaka, que evoca el bombardeo de Kobe. No es recomendable exponer a los críos a la sucesión de atrocidades, infinita tristeza e injusto caos que son relatados en esta obra, so pena de tener que aguantar un montón de preguntas incómodas, lloros y pesadillas varias. Como exposición del sinsentido bélico, cumple, y va al estómago.

Por su parte, Miyazaki realizó una de sus mejores películas. Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988) es una comedia de descubrimiento en el que un par de hermanas sufren una mudanza al campo coincidiendo con la enfermedad de su madre. Al lado de su nueva casa existe un enorme árbol que alberga un mundo de magia: el mundo de Totoro, un espíritu del bosque gigante, vago y amable, con el que la hermana mayor Satsuki y la pequeña testaruda Mei vivirán pintorescas aventuras.

Hayao Miyazaki

Hayao Miyazaki

La película fue todo un acierto. El perfil del Gran Totoro se ha convertido en el emblema del estudio, y aparece como un cameo entre los juguetes de Toy Story 3 (John Lasseter, 2010).

Un año después Miyazaki lanza Kiki, la aprendiz de bruja (Majo no Tabyukin, Hayao Miyazaki, 1989). De nuevo el componente mágico es protagonista, siguiendo las peripecias de una pequeña heroína, esforzada, trabajadora y feliz, rasgos recurrentes en las historias del bueno de Hayao (a la Heidi me remito). El éxito es incontestable: esta bonita aventura se convierte en la película más vista del año en Japón. Será sólo la primera vez para Ghibli. En la siguiente década encadenarían un taquillazo tras otro, acompañados de críticas excelentes, para convertirse a final de siglo en un icono mundial del cine de animación.

La siguiente cinta de Ghibli viene firmada por Takahata. Recuerdos del ayer (Omohide Poro Poro, Isao Takahata, 1991) vuelve a tocar el género dramático. Recuerdos del ayerAdaptación de un manga, la historia está tomada por el romanticismo y nostalgia. Taeko es una joven soltera en el Tokio ochentero, a la que un período vacacional despierta recuerdos de su infancia en los 60. Técnicamente, la maestría nipona en el género de animación, con su tradición y volumen de producción, queda una vez más de manifiesto. Escenarios hiperrealistas (deliciosamente difuminados en las escenas ambientadas en flashback) sobre los que las figuras humanas resultan expresivas, a diferencia de otras producciones niponas en las cuales prima la economía en el dibujo (para entendernos, un caso extremo de este ahorro sería Los Caballeros del Zodíaco y sus extensas parrafadas sobre la justicia, el Cosmos y qué sé yo, con apenas dos dibujos distintos de la boca).

Desde luego no es una película “para niños” pero el resultado comercial vuelve a ser inmejorable, liderando de nuevo la taquilla nipona. Al año siguiente es turno de Miyazaki, quien retorna a la aventura con Porco Rosso (Kurenai no Buta, Hayao Miyazaki, 1992), en la que el protagonista es un cerdo aviador, pero no estamos ante una típica película Disney con animales antropomorfizados. Simplemente (!) se trata de una transformación mágica sufrida por el personaje, de la que tampoco se nos cuenta mucho más.

Porco RossoLa historia transcurre en el Adriático en los años veinte, y en ella se dan cita hidroaviones, batallas aéreas, rufianes encantadores, humor festivo e incluso un héroe cyranesco. Con estos ingredientes, un ritmo perfecto y sensacionales escenas de acción, vuelve a arrasar en Japón, y además se convierte en el primer film de Ghibli en alcanzar repercusión internacional (en España se estrenó relativamente pronto, en 1994; por comparar, Mi vecino Totoro no se estrenaría en salas de nuestro país hasta 2009).

El (frenético) ritmo de producción de un largometraje al año no se alcanza en el 93, habiendo que esperar un año más para el próximo Ghibli. Sigue la alternancia y en esta ocasión Takahata coge las riendas, pero cambia el drama por una delirante comedia de aventuras mágicas (no exenta de su poso reflexivo y reivindicación ecologista) titulada en España Pompoko (Heisei Tanuki Gassen Ponpoko, Isao Takahata, 1994). En este caso la trama asume como premisa una característica atribuida por la mitología popular a los tanuki (especie de perro mapache asiática), la de poder cambiar de forma a voluntad, incluso hasta el punto de poderse hacer pasar por humanos. El resultado es una de las mejores obras del estudio, al considerar la imaginación exhibida o su humor inocente (bueno, o no tanto, que es increíble ver las cosas que hacen los protagonistas con sus testículos). Otra vez lidera la recaudación en Japón, y es elegida para representar al país en los Óscar. A decir verdad, sólo un nivel alto de referencia a la exótica cultura nipona (gastronomía, festivales, etc) explica que tan agradable película no goce mayor repercusión internacional.

Pom Poko

A continuación interviene por primera vez en un film Ghibli un director diferente a Miyazaki y Takahata. Yoshifumi Kondo (Gosen, 1950 – Tokyo, 1998) estaba destinado a convertirse en otra cabeza del estudio, hasta su repentina muerte, debida a complicaciones cardiovasculares relacionadas con el estrés. Este luctuoso hecho influirá en la visión de la vida y el trabajo de Miyazaki, quien escribió el guión de Susurros del corazón (Mimi wo sumaseba, Yoshifumi Kondo, 1995), a posterior única película dirigida por Kondo, basándose en un manga de Aoi Hiiragi (Kamifukuoka, 1962), con quien volvería a encontrarse el estudio. Se trata de una aventura juvenil protagonizada por Shizuku, una vital adolescente que descubre el amor. El tratamiento realista origina algunos de los más detallados fondos urbanos que se hayan visto.

MononokePor su parte, Miyazaki lograría uno de los grandes hitos de su filmografía con La Princesa Mononoke (Mononoke Hime, Hayao Miyazaki, 1997), aventura épica con criaturas mágicas y nuevamente mensaje ecologista, pero lejos de maniqueísmos, mostrando lo complejo de la situación en la relación entre el hombre y la naturaleza. Todo ello aderezado por un brillante diseño de personajes y escenarios, escenas de acción trepidantes y una de las mejores bandas sonoras firmadas por Hisaishi. La respuesta de crítica y público fue inmejorable, de nuevo fue la película más vista del año en Japón y consiguió una considerable recaudación global (la distribución internacional corrió a cargo de la Disney: oficialmente Ghibli había llegado a lo más alto), y entre numerosos premios la Academia japonesa la designa mejor película del año. Actualmente se ha desarrollado una adaptación teatral de este drama épico.

YamadaMis vecinos los Yamada (Hohokekyo Tonari no Yamada-kun, Isao Takahata, 1999) representa la capacidad de arriesgar que ha hecho de Ghibli uno de los estudios más interesantes de los últimos tiempos. Si venimos de un historión épico de cuidado detalle, esta película salta al otro lado del espectro: un diseño sencillo que homenajea el estilo clásico de las tiras cómicas, pero realizado con la última (entonces) tecnología de proceso digital, que da una muy conseguida fluidez en una historia, como deja claro el título, familiar. Conflictos generacionales, y los problemas sencillos de la vida, tratados con mucho humor.

El siguiente trabajo del estudio representa su, hasta la fecha, mayor éxito. El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) es la única obra no estadounidense que ha recibido el Óscar al mejor largometraje de animación (y es la única película que ha obtenido este galardón utilizando técnicas tradicionales, oséase, de dibujar con el lápiz y eso), se llevó el premio a la mejor película por la academia japonesa, y el Oso de Oro ex-aequo en Berlín. Es la película que más dinero ha hecho en la historia del cine japonés. Las causas: un elegante derroche de imaginación de Miyazaki en un entorno de fantasía, y una odisea, la de la protagonista Chihiro, que acompaña a una evolución del personaje (otra vez la película está plagada de fuertes carácteres femeninos, en contraposición al machismo social histórico nipón) y a una bonita relación de amor y amistad. El nivel técnico es impresionante, personajes como Haku, Kamaji o la bruja Yubaba dan lugar a espectaculares escenas en las que cobran mágicamente vida. En definitiva, uno de los grandes cuentos de hadas de siempre, que como siempre pasa en este tipo de historias, tiene su reverso oscuro y su moraleja.

El viaje de Chihiro

Hiroyuki Morita (Fukuoka, 1964) y Reiko Yoshida (Hiroshima, 1967) son responsables de Haru en el reino de los gatos (Neko no ongaeshi, Morita-Yoshida, 2002), obra menor en torno a un personaje secundario de Susurros del corazón. La protagonista, Haru, es una estudiante de instituto que se ve involucrada en una realidad alternativa gatuna (siempre hay algún felino en las películas de Ghibli, tienen una especie de fijación), a riesgo de quedarse atrapada en ella. Otra fantasía disfrutable, resulta sin embargo una epopeya de inferior alcance y resultado a las grandes obras de Miyazaki.

La estrella del estudio volvió a la dirección con El castillo ambulante (Hauru no Ugoku Shiro, Hayao Miyazaki, 2004). De nuevo una protagonista femenina que súbitamente se encuentra en un mundo mágico, relacionándose con un ser sobrenatural y maldito. Si a estas alturas no os suena, hacéroslo mirar. Miyazaki vuelve a contarnos la misma historia, en este caso basada en una novela de Diana Wynne Jones, y vuelve a contárnosla bien, incluyendo una alegoría antibélica suficientemente pavorosa como para que los peques la pillen. La respuesta de crítica y público siguió la tendencia más que positiva del estudio, y si no alcanzó la difusión de las dos anteriores obras del director, sí puede decirse que fue un éxito en toda regla.

gedo senkiGoro Miyazaki (Tokyo, 1967), hijo de Hayao, finalmente aceptó el desafío de continuar el negocio familiar. Su primera película, producida cómo no por Ghibli, fue Cuentos de Terramar (Gedo Senki, Goro Miyazaki, 2006), adaptación del mundo de la gran Ursula K. Le Guin. Reconociendo que siempre le costará compararse con la alargada sombra de su progenitor, hay que decir que esta película, que consiguió unas cifras comerciales más que notables, es uno de los resbalones del estudio. Además de transitar lejos del contenido de la obra de la Le Guin, problemas en el ritmo o en las escenas dramáticas hacen que el nivel de implicación del espectador quede muy lejos de lo que por norma consigue su papá.

El mayor de la saga Miyazaki firmó la siguiente película del estudio, Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, Hayao Miyazaki, 2008). Otra historia en la que la magia es protagonista, en este caso a cargo de un lánguido científico-mago que surca los mares cultivando prodigios. Uno de ellos, Ponyo, es una niña-pez, una versión alternativa de la sirena de cuento que entabla amistad con el joven Sosuke. La mayor aportación de esta película dentro de la filmografía Ghibli es el entorno marino, uno de los más difíciles de abordar en la animación, y que se resuelve de manera óptima, con un toque exótico y texturas temblorosas perfectamente logradas. La película contiene una larga escena de una tormenta apocalíptica que está entre las mejores del estudio y es otra demostración en toda regla del maestro Hayao, quien una vez más logra entusiasmar a un amplio espectro del público, por su dulce y divertida historia contada de manera espectacular.

Hiromasa Yonebayashi (Ishikawa, 1973) es el último director en incorporarse al puñado de autores que han firmado una película Ghibli. Lo hizo con ArriettyArrietty y el mundo de los diminutos (Kari-gurashi no Arietti, Hiromasa Yonebatashi, 2010), que viene a ser la historia de los Diminutos de Mary Norton. Un éxito en Japón, pero con una irregular distribución internacional, la película cuenta con algunos elementos (ese niño enfermo…) que la azucaran más que otros productos del estudio, un aspecto, el de la ñoñería, que Ghibli suele evitar holgadamente.

Desde la colina de las amapolas (Kokuriko-zaka Kara, Goro Miyazaki, 2011) es la segunda incursión en la dirección del vástago Miyazaki, un drama ambientado antes de los J.J.O.O. de Tokyo’64 (los 60 también están sobrevalorados en Japón, no sólo en Occidente). Adolescentes en el instituto (subgénero narrativo del manga) que acaban enamorándose y todo eso. El ritmo es tranquilo, pero las dosis de humor son adecuadas, y en general esta sentimental película deja mejor sabor de boca que la ópera prima de Goro, aunque sin alcanzar las cotas de exuberancia y excelencia de los popes del estudio.

Desde la colina de las amapolas

Precisamente este año, y en conmemoración del veinticinco aniversario del lanzamiento simultáneo de Mi vecino Totoro y La tumba de las luciérnagas, Miyazaki y Takahata se disponían a realizar un nuevo estreno dual. Sin embargo, la historia de Takahata (Kaguyahime no monogatari) se ha retrasado, y en cambio Miyazaki ya ha estrenado en el mercado local su película Kaze Techinu, basada en la vida de vida de Jiro Horikoshi, diseñador de los aviones de caza Mitsubishi Zero durante la Segunda Guerra Mundial. El padre de Hayao trabajó en la guerra fabricando timones para estos aviones, originando la fijación infantil del maestro por los enseres voladores, mantenida, como hemos visto, a lo largo de toda su carrera cinematográfica. Aprovechando la promoción de esta película ha anunciado el veterano director su retirada del oficio, pero bueno, esto ya ha ocurrido antes. Esperemos que recapacite, o en todo caso, que la cultura de Ghibli se transmita generacionalmente, tanto dentro del propio estudio como por medio de su influencia en todo el orbe.

 

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