domingo 19 de noviembre de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online

NO PODÍAMOS HACERLO MEJOR

Foto Eduardo Mínguez Muñoz http://www.flickr.com/photos/eduardominguez/

Mal empezamos, si nos da por prodigar esa frase y esa idea. Y conste que fui una de las personas sorprendidas e incrédulas que se quedó con la boca abierta al leer aquel WhatsApp que me llegó en plena calle: “Madrid eliminada a la primera”.

Entonces mi pensamiento voló al nutrido grupo de madrileños concentrados en la Puerta de Alcalá y en Cibeles, con sus banderas, sus globos, sus cánticos y eslóganes, siguiendo apiñados el evento a través de grandes pantallas panorámicas, eufóricos y convencidos del triunfo de la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos de 2020. En un segundo se vino abajo el sueño y, en su lugar, aparecieron exclamaciones indignadas y lágrimas de tristeza, rabia y decepción… A las pocas horas aquella multitud se había perdido por la ciudad rumiando el ácido sabor de la derrota, mientras los tinglados que se habían levantado para sumarse a la celebración quedaban abandonados, como un decorado de cartón cuando la función termina. Lo malo es que aquí la esperada función no pudo ni siquiera dar comienzo, y la silueta de los inútiles artificios resultaba en la noche escarnecedoramente burlona, dolorosamente ridícula.

Dejémonos de convencer por los eufemismos y los tópicos, tan habituales en el lenguaje de la política y que se prodigan para disfrazar lo crudo de la realidad, y hablemos de una vez en plata, sin atenuantes, por dolorosos que sean: hemos sido derrotados. El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia de la ídem, define derrotar en una de sus acepciones: vencer o ganar en enfrentamientos cotidianos, es decir, que no hace falta llevarlo al término militar, en donde se añade hacer huir con desorden al ejército contrario. Y también define el adjetivo derrotado como vencido en el ánimo, deprimido. Juzguen los lectores si fuimos derrotados o no, a pesar de las palabras de la señora alcaldesa de Madrid, que afirmaba en unas declaraciones que no era tal. Y es que tal vez a la señora alcaldesa de Madrid no le vendrían mal unas cuantas lecciones de retórica, en castellano, por supuesto, porque se embrolla en las respuestas e improvisa no con demasiada facundia, dicho sea de paso, y dicho sea con el respeto debido a su ilustre persona. Porque eso canta, pero nada que ver con Plácido Domingo.

Nada más conocerse la noticia empezaban a llegar los inevitables juicios de valor, in situ y no in situ. Hoy y ayer. Y lo que nos queda… Destacaba en muchos de ellos un resignado y jeremíaco “No podíamos hacerlo mejor”, que me recordaba a ese otro tópico que tanto se emplea en el fútbol para justificar un mal resultado que no se esperaba: “El fútbol es así”.

Cuidado. Cuidado, sí, cuidado. Porque por duro que sea asumirlo, hemos de pensar que no somos perfectos. Y que si no podíamos ni podremos hacerlo mejor, hemos cerrado las puertas al futuro y habrá que entonar el “Se acabó”, per omnia saecula saeculorum. Asumamos lo ocurrido y apretemos los dientes, pero con propósito de enmienda. Porque sí se pueden hacer las cosas mejor. Siempre se pueden hacer mejor. Siempre.

Es más que posible que este brutal desencanto tenga que ver mucho con la euforia desmedida de doña Ana, de don Ignacio y de don Alejandro, la valiosa tripleta presidencial de nuestro país; con el exceso de seguridad en nuestras posibilidades, que nos ha impedido valorar los recursos de los rivales. Si sólo nos escuchamos a nosotros, si sólo tenemos en cuenta nuestras aportaciones, si no consideramos que a quien hay que convencer es a todo un Çomité Olímpico, estamos pecando de ingenuos, generalistas y, por qué no, hasta de un cierto ramalazo de soberbia prepotente.

Y no es fácil convencer a un Comité Olímpico con sonrisas de oreja a oreja, con agasajos y melosidades, con movimientos seductores de melena leonina, con argumentos sentimentales, con la visión de una ciudad en la que sus habitantes son los que mejor saben divertirse del mundo mundial, con una gran oferta gastronómica, con la hospitalidad y simpatía de los madrileños -aunque muchos no dominen el inglés para comunicarse y entenderse con quienes no hablan castellano, como algunas de las autoridades que nos representaron-. Ni siquiera bastó con el discurso –aprendido pero no leído- del Príncipe de Asturias, ni tampoco con ese brillante despliegue de deportistas, sin duda lo mejor. Sin duda lo más brillante o más digno, lo más prometedor. Me atrevería a decir que en ellos está nuestro futuro. Porque en España, si hay que apostar por algo que no sea el “para mí”, se hace por el deporte generalmente. Ahí quedan los millones de euros que se derrochan por comprar un jugador de fútbol. Ahí quedan las cifras que siguen debiendo a Hacienda muchos clubes de fútbol, a los que se les da todas las facilidades para el aplazamiento, y quién sabe si para el olvido.

Entre aquel plantel de personas a las que se llevaron de cebo por su fama y su popularidad para atenuar algunas que otras rutilantes vulgaridades, no había ningún científico, ningún investigador -que yo sepa-, hoy en España tan en riesgo de extinción como el urogallo cantábrico, el lince ibérico o el oso pardo. Por suerte contamos con un Pau Gasol que es algo más que un magnífico deportista, porque es humano y comprometido. También nos prestigiaba nuestro Plácido Domingo, grande entre los grandes, como artista y como persona, humilde, sencillo, sensible y gran trabajador que conoce su oficio.

Una pena… Y si siento más esta eliminación es precisamente por los deportistas; no tanto por los de élite, pues no se resentirá su estatus, ni su valía, ni su reconocimiento. Todos sabemos que la no elección no tiene nada que ver con sus méritos. Lo siento sobre todo por esos que podrían haber visto mejoradas sus condiciones, su situación económica, pues no todos son iguales. Ese es el drama de nuestra España: unos viven que te mueres, y otros se mueren porque no pueden vivir. Una dualidad injusta y demasiado trágica, ya que la clase media está desapareciendo tragada por la crisis y asfixiada por los impuestos y los recortes sociales.

Así pues, pelillos a la mar. Lo verdaderamente deportivo es que felicitemos a Tokio, claro que sí, porque, aunque no habló al corazón de los señores del comité olímpico –al menos al de los que no nos votaron-, explicó con sencillez y claridad los valores de su país en relación con lo que se trataba: el deporte olímpico.

Y vimos tras aquellas palabras -y las correspondientes realidades plausibles- una nación puntera en tecnología, que conlleva apostar por la investigación; saneada en su economía y sin una sombra de dopaje en la recámara. Un país no lastrado por la corrupción y el desprestigio de las instituciones, ni por la desunión entre los japoneses, ni por las promesas no cumplidas, ni por el oscurantismo y el tú más.

Muchos de los parados, de los sin techo, de los jubilados con pensiones no retributivas se preguntaban con pánico qué pasaría si Madrid era elegida como la sede de los Juegos Olímpicos de 2020. Porque en tal caso la prioridad del gasto ya no sería, como dicen, el paro, la creación de empleo, la vivienda, las mejoras sociales, las inversiones en sanidad y en educación, sino las estructuras no terminadas, ya fueran el 70, el 80 o el 90 por ciento. En la gris lontananza se presuponían nuevos impuestos, tasas y demás trabas para compartir entre todos, independientemente de su situación, aunque se hablara de que, muy al contrario, se crearían no sé cuantísimos puestos de trabajo. Lo malo es que muchos ya no se lo creen y recuerdan, en cambio, el cuento aquel del Pastor Mentiroso. Además, mala cosa es que esperáramos de los Juegos Olímpicos, o de la implantación de casinos, por ejemplo, la resolución del problema del empleo.

De ahí  las dudas, las preguntas que públicamente hicieron los periodistas y los miembros del COI en los prolegómenos de la final y en la propia final sobre el paro y la situación económica del país. Lógico. Preguntas que no se aclararon, que se sacaron de contexto, que no se entendieron o quisieron aparentarlo. Y eso es sobradamente revelador. De ahí el resultado.

Por tanto, hagamos examen de conciencia y empecemos por enderezar España, pero de verdad, sin clamar con euforia desmedida por esos brotes verdes que se empeñan en que veamos. Esa euforia desmedida que ha sido como esta otra, la de considerar que éramos los mejores, que la opción prácticamente estaba decantada en nuestro favor. Reconozcamos con modestia que no somos el ombligo del mundo, a pesar de los indicios que supusimos favorables. Así nos evitaremos el amargo sabor de las lágrimas de la decepción y la derrota.

Tal vez de esa manera consigamos el milagro de la recuperación poco a poco.

Y quién sabe si allá por el 2050 Madrid consiga su sueño. Ahora nos queda todavía mucho por hacer.

Primum vivere, deinde filosofare…

 

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