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viernes 17 de agosto de 2018 -
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BUITRE NO COME ALPISTE

De cómo la tinta puede ser oro negro...

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Los sucesos, la crónica negra, nunca se van, siempre están ahí, pero en épocas concretas su exposición aumenta, y es que si algo han aprendido los medios de comunicación (y anuncios) es que el morbo vende.

Esto nos trae a una cuestión de mayor alcance: ¿tiene lugar el decoro en el capitalismo?

Porque va a ser que no y que, en el fondo, se trata de pedirle peras al olmo. En la crónica negra, la palabra más importante es crónica, no sólo como relato (sujeto, por supuesto, a la exageración e hipérbole de los hechos y circunstancias) del crimen, sino aportándole a la circunstancia un carácter habitual, condenado a repetirse. Que el gusto por la sangre viene de lejos no es ninguna novedad: fundado en 1952, El Caso fue un semanario truculento que durante El_casomás de tres décadas trajo a los kioskos una nada despreciable tirada impregnada con lo más lúgubre de la especie humana. Su fin coincidió con la implantación masiva de la televisión. Y es que ya sabéis, en nuestro civilizado circo cotidiano la justicia se administra bajo luz, taquígrafos y televisión.

La profecía de Bertrand Tavernier en La muerte en directo no queda tan lejos de los extremos que nos muestra la caja tonta. En su ansia por detallar los más míseros detalles del sufrimiento, la locura, o en definitiva cualquier emoción humana que se pueda comercializar (y no hay ninguna que no se puede vender), acaba desatando una fuerza ciega que antes o después lleva a la vulneración de derechos esenciales del individuo y al perjuicio social.

Todo ello se retroalimenta con el interés del Poder, siempre dispuesto a utilizar una herramienta tan útil como el miedo. Entre otras cosas, es evidente que sólo se puede hablar un número limitado de horas al día para todos los asuntos que produce la actualidad, y que el trozo del león de ese tiempo finito se lo lleve pontificar de manera vacía sobre este tipo de tramas sencillas e inocuas de culpable/criminal frente a la sociedad justa e irreprochable, que proporcionan ese enemigo común que evite que prestemos mucha atención a nuestros vigilantes, es una buena noticia para la opacidad a la que acaba aspirando siempre dicho Poder. Por otra parte, soporta la tesis de recortar al mínimo en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (y ya que no se puede hacer nada que no sea recortar, por ser éste el estigma de nuestro espacio y tiempo, que menos que hacerlo lo menor posible), que son esos mismos que constituyen el cordón de seguridad alrededor del Congreso cuando hace falta y tal.

disturbiosbnSólo lo digo.

El caso es que determinadas imágenes que nos han arrojado los medios en los últimos tiempos decididamente pueden herir la sensibilidad del espectador, si le queda alguna, lo que es el quid de la cuestión: se nos ha encallecido y embrutecido, bañado en indiferencia por la saturación de calamidades que los días del mundo traen, pero a la par, cuando se lleva a lo personal, me refiero a esas grandilocuentes historias de sueños truncados e ilusiones segadas, nuestras inevitablemente complicadas relaciones con la muerte hacen que la tragedia nos golpee abrumadora, si nos queremos dejar llevar por eso e identificarnos.

¿Pero qué clase de ética sostiene la decisión de alimentarse de ese dolor? La información es otra cosa, yo os hablo de ese gran extra mórbido que incorpora el periodismo actual. Los mismos turbios tentáculos de la pasión humana que entroncan con el chunguismo sentimentaloide de Tele5 y otra clase de clásicos de la telebasura. Ahora que finalmente los reality shows han dejado caer su careta documental para mostrar su verdadero rostro de teatro del malo, tan guionado como el Pressing Catch, los medios se vuelcan en busca de la autenticidad sobre las reacciones viscerales asociadas a los hechos luctuosos.

Por Michell Zappa

Por Michell Zappa

Recientemente en Santiago de Compostela han ocurrido dos dramáticos sucesos que han arrojado a la luz esta vertiente carroñera del negocio, primero con un terrible a la par que francamente incomprensible accidente de ferrocarril, y después el asesinato de una menor. En el primer caso se nos mostraron imágenes durísimas a las que, sí, nos hemos encallecido, pero poneos en la aterradora posibilidad de que ese rostro ensangrentado perteneciese a alguien que conocéis… No sé lo que opináis, pero a mí me parece echar gasolina al fuego, en plan Metallica.

En el segundo se ha montado un circo de cotilleo y filtraciones al minuto que ya ha quemado horas como seis temporadas de Santa Bárbara. Los permanentes requiebros de esta investigación han sido expuestos de cabo a rabo en tertulias de medio pelo que no llegan al mínimo exigible ni en veracidad ni en presentación, fallando tanto en información como en espectáculo. Y por si fuera poca el ansia mediática en conseguir imágenes sobre cualquier obstáculo, en serio, señor Juez ¿no ha oído hablar de las persianas?

De lo que no cabe duda es de que seguirá habiendo carne en el menú.

 

 

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