jueves 23 de noviembre de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online

DE TURISMO SEXUAL CON EL PATO DONALD

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Por aquí, damas y caballeros. Pasen y lean… Aquí encontrarán lo que han venido a buscar. Paisajes idílicos, música, fiesta… y morbo. Pero antes…

El motivo del título, claro. En fin, había que venderse, ¿no? Un poquito de exageración, ya saben, pero confíen en mí y verán que está totalmente justificado.

* * *

Lo políticamente correcto, esa nebulosa que a medida que pasa el tiempo se concreta más y más hasta hacer impensables cosas que no hace mucho parecerían normales. En el museo del cómic en Bruselas suben ustedes unas escaleras y antes de alcanzar el mostrador de la recepción, donde se venden las entradas, deberán pasar junto a un Lucky Luke tamaño real que los recibe de perfil, con el gesto de ir a alcanzar su revólver con la mano derecha, pero también con unos labios exageradamente pronunciados hacia fuera, como si estuviera lanzando un beso a su rival imaginario o como si… Un simple cambio de perspectiva y nos damos cuenta: al situarnos frente a él vemos que en el interior de la boca hay un agujero en el que encajaría un cigarro perfectamente. Y Foto Tetis2 http://www.flickr.com/photos/51052238@N03/nos viene a la cabeza la imagen del vaquero con el sempiterno cigarro. Alguien ha decidido que Lucky Luke lo tenía que dejar. Le han quitado el tabaco y le han dejado un rictus ridículo e incongruente de lanzar un beso justo antes de desenfundar. Ni siquiera le han puesto una pajita para darle algo de sentido… Me imagino un turista americano obeso e indignadísimo por el mal ejemplo que nuestro héroe le daba a los niños con un cigarro en la boca. Denuncia al canto, oiga. O al menos esta es mi hipótesis, así que si alguien sabe la razón de tan inquietante figura que me lo explique y me quedaré más tranquilo.

[Siguiendo con la corrección política en un contexto infantil y más concretamente en el que nos ocupa, Disney, sírvanse echar un vistazo a una de tantas lecciones del insigne Dr. Repronto. En este caso, sobre Goofy.]

Pero a lo que vamos. Todo esto se me ocurrió cuando me dio por ver, ya crecidito, una peli que de niño había disfrutado sin problema y a la que años después le sigo encontrando muchos méritos, pero me descoloca bastante por aquello que en su momento ni siquiera me planteaba: mujer que aparece, mujer a la que Donald persigue con pasión muy poco apta para todos los públicos (¿recuerdan esas lúbricas carreras de los hermanos Marx?). ¡Habrase visto tal falta de corrección! ¡Y de la mano de Disney, nada menos! Había que investigar.

* * *

A principios de los 40, los nazis ya tenían una red de influencia política notable en Sudamérica, incluyendo bases de submarinos en Brasil. Pero antes, durante los 30, F. D. Roosevelt había creado una Oficina de Coordinación de Asuntos Interamericanos dentro de la sección de cine del Departamento de Estado. Su objetivo: “mostrar la verdad sobre el American way”. Y para eso daban dinero a varios estudios de Hollywood que creaban propaganda política alimentando la imagen de buen vecino que buscaban los EEUU. Vamos a hacer alguna peli con temática latina, chicas guapas, exotismo… que deje bien a walt-grupo-posterlos del sur y que pueda entretener a los nuestros. Y Disney era muy popular en el patio trasero. Así que el Departamento de Estado organizó un viaje de buena voluntad a principios de 1941 en el que el tío Walt y unos 20 miembros de su estudio (músicos, dibujantes…) visitaron Brasil, Argentina, Chile y Perú. Para más detalles, pueden ustedes ver el documental Walt & El Grupo. Y luego me lo cuentan, que a mí me da pereza.

El caso es que de este viaje salió material para dos películas: Saludos amigos (1942) y Los tres caballeros (1944).

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La primera es una mezcla de imágenes rodadas durante el viaje, intercaladas con varios cortometrajes de animación no especialmente brillantes. Hay tópicos, pero también una cierta voluntad de mostrar el lado más desarrollado de esos países (sí, sorpréndanse, estimados espectadores, en Sudamérica también hay rascacielos). Como detalle, en la reedición se cortó una escena en la que Goofy (un cowboy convertido en gaucho) se fuma un cigarro. Pero lo más interesante es el final: Donald, que antes habíamos visto como guiri sacafotos en el lago Titicaca, conoce al loro José Carioca en Río de Janeiro, que lo lleva a conocer la ciudad (a ritmo de Aquarela do Brasil) y le invita a una cachaçinha, derivando en un colorido festival de samba que nos prepara para lo que llegará en la continuación.

Dicha continuación, Los tres caballeros, tiene como hilo conductor el cumpleaños del pato Donald, que recibe regalos de sus primos, los pájaros del sur. El primer regalo es un proyector en el que vemos un par de historias: la odisea de un pingüino que se muere de frío y cuyo sueño es mudarse al trópico, divertida y resultona, y el encuentro de un gauchito con un burro con alas, bastante más sosa.

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Y tras esto, llega la fiesta: nos reencontramos con José Carioca: “¿has estado en Bahía, Donald?” (canción de Dorival Caymmi) ¿No? Pues espera que metemos unos planos idílicos de la ciudad al atardecer y la naturaleza exuberante que la rodea. Taaaan bonito. Y es bonito (bonito Disney, entiéndanme), pero de niño me hubiera dormido si no fuera porque por detrás va subiendo una versión de Na baixa do sapateiro que es comenzar (metales que hacen la figura del bajo –turi turiii) y no poder dejar de mecerte. Así que ahí vamos, a través de un libro troquelado. El viaje empieza en tren con la canción Flauta e pandeiro de Benedito Lacerda, cuyo nombre no sale en los créditos y desde aquí aprovechamos para denunciar la injusticia. Oigan esta versión con el gran Pixinguinha (padre de nosotros todos, como dijo Vinicius). Una samba maravillosa, frenética, que agitó mi mente infantil descubriéndome ritmos insospechados hasta entonces.

Y llega el tren a su destino. Unas calles de cartón piedra con ese encanto entre el tópico y el ideal por las que vemos acercarse una sombra femenina de la que surge, dulcísima, una voz que anuncia “vendo os quindins de yá-yá” (¡pasteles, Donald!). Y aquí llega ella: Aurora (hermana de Carmen) Miranda, en carne y hueso. Sorpresa (oh, boy!). Esta es la primera película que mezcla animación con personas reales, aunque parece que es del mismo año que el famoso baile de Gene Kelly con el ratón Jerry. Pero decíamos: tonto el último. Primer intento de conquista en medio de un número musical con una coreografía un poco acartonada, aunque nos da un poco igual porque la música (esta también de Ary Barroso, como Aquarela y Na baixa) sigue siendo lo mejor de todo. Y al final, claro, Donald, por tenaz, recibe un beso que lo precipita (como hiciera la cachaça) en un carnaval multicolor con tintes psicodélicos y algún simulacro de lucha (¿parodia de capoeira?) y que termina (Disney, ya se sabe) con toda la ciudad, edificios incluidos, sambando.

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¿Siguiente regalo? Viene de México. Suena un Jalisco, no te rajes (popularizada unos años antes por Jorge Negrete) con fondo caleidoscópico de onda sonora que atrapa a Donald y más psicodelia, hasta que el gallo Panchito irrumpe con una balacera. Ya están los tres caballeros. Vaya pájaros de cuidado. Y cantan su canción (basada en la de Negrete), donde Donald se ve como un poco desastre, que hay que caer simpático y hacer quedar bien a los vecinos, y donde se vuelve a hacer referencia a las chicas (y de nuevo, tonto el último).

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Pero pasemos al regalo, una piñata, que da para intercalar la historia de una tradición navideña mexicana (esta película se estrenó en diciembre del 44 en México). Así que Donald tiene que abrir su regalo. Y lo vacilan bien, pero lo consigue. Y otro libro con postales del país y música romántica. Pero qué caramba, vamos de excursión. Así que salen volando en el sarape mágico. Y vemos paisajes y bailes tradicionales. En Veracruz, el Lilongo, interpretado por el Trío Calaveras, y nueva escena de seducción. Donald no acaba de pillar el baile. Pero dame un poquito de jazz, que se vea que en los States también sabemos bailar.

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Y nos vamos para Acapulco. Desmadre en la playa. Una playa donde solo hay chicas (oh, boy!, hot stuff!) sobre la que se lanzan en picado. Literalmente, con efecto sonoro de avión incluido. Momento de comentar que, si bien el gallo lleva un par de pistolones, José Carioca, que acostumbra a fumar puros (aunque ya saben que a veces un puro es simplemente un puro), también tiene un paraguas, que aquí emplea como ametralladora contra las desdichadas bañistas que corren despavoridas (¿dónde se imaginan ustedes que apunta?) por la playa. Y Donald se lanza en traje de baño y se pone a jugar a la gallinita ciega en medio de un círculo de casi treinta señoritas. Las persigue, lo mantean, corre tras ellas y los colegas lo sacan de allí a la fuerza, no vaya a ser, que ya nos conocemos. This Donald. Did you ever see such a fast worker? como había comentado en un aparte José durante la escena de Bahía (Don Juan, creo recordar que lo llama en la versión en castellano, con un muy buen doblaje, hay que reconocer).

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Pero cae la noche sobre Ciudad de México con los compases de You Belong to My Heart (basada en el Solamente una vez, de Agustín Lara). La canta una tal Dora Luz, como una estrella en el cielo al que Donald asciende para coquetear. Y durante esta escena comienza la parte más lisérgica de la película. Un corta-pega musical, paisajes oníricos y, cómo no, muchachas bonitas. Además de un divertido baile con cactus que un crítico de la época tachó de demasiado sugerente, si se hubiera presentado en un contexto menos infantil. Y algún detalle precioso: un cielo crepuscular de fondo que al principio y al final del número vegetal va mutando sutilmente en patrones textiles mexicanos. Y es que da la sensación de que en ciertos momentos de la película los dibujantes dejan un poco a un lado la idea de satisfacer a una audiencia infantil (y otra adulta, pero de gustos simples, por lo que parece) y se lanzan a experimentar por el simple placer de ver hasta dónde pueden llegar. Y hay puntos, a mi entender, brillantes.

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Es cierto que parten de tópicos y no pueden evitar acabar con otro: una corrida de toros. Y adivinen quién hace de toro. Nuestro semental favorito, claro, que tras sufrir un banderillazo sale del disfraz de toro, el cual a su vez cobra vida y lo persigue y cornea. Pero finalmente, nuestro héroe sale triunfante del choque (literal) con el furioso astado. Un curioso juego de imágenes.

Después de lo que les he contado, se hacen una idea de por qué el tío Walt dejó de lado al famoso ratón para elegir otro personaje como embajador de su fábrica de sueños. Un pato simpático, algo cascarrabias, perdedor a ratos, pero encantador, con el que se puede identificar fácilmente esa parte de la audiencia estadounidense a la que se le está diciendo “únanse a la marina” o, simplemente, “imaginen: una mujer en cada puerto”, viajen por América y conquisten. Y al resto de América: no se mezclen con europeos chungos, déjense conquistar por nosotros y ya verán qué bien les va, que nosotros traemos desarrollo, libertad y, sobre todo, dólares (propaganda, recuerden). ¿No se trata de eso, aunque sea en versión Disney, la Doctrina Monroe?

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2 Comentarios

  1. Fernando Salgado 12 octubre, 2013 at 10:32

    Curioso artículo, sí señor. Hace siglos que no veo esta peli, pero creo que me limitaré a la banda sonora. Contácteme usted urgentemente, espía ruso, que tengo noticias importantes!

  2. Jesús Castro Cao 14 octubre, 2013 at 10:29

    Muy bueno, Hugo. Sobre el puro que es simplemente un puro, es que había que venderlos…

    #emplazamientodeproducto

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