domingo 19 de noviembre de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online

FILMOGRAFÍA A CUATRO MANOS: HERMANOS COEN, INICIOS

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Para estas ya cercanas Navidades llega, puntual como un reloj, el estreno de la última película de los hermanos Coen, una peripecia dylaniana, ni más ni menos. Aprovechando la circunstancia, realizamos un repaso a la dilatada, exitosa e influyente carrera de estos artistas, empezando en esta entrega por su primera década en el campo cinematográfico.

Poniéndonos al día: Joel es el mayor, venido al mundo en 1954, y Ethan el pequeño, del 57, nacidos y criados en Minnesota en una familia judía, lo cual establece una temprana y directísima relación con el señor Zimmerman. El primogénito cursó estudios de cinematografía en Nueva York y acabó arrastrando al mundillo a Ethan, por entonces recién graduado en filosofía por Princeton. Conocen a Sam Raimi por medio de Joel, quien colaboró en la edición de Posesión infernal (Evil Dead, Sam Raimi, 1981). Raimi aconseja a los hermanos que se trabajen a los posibles productores de su primer largo con un trailer que azuce el interés de los capitalistas. Es así como en 1984 finalmente logran financiar su ópera prima, Sangre fácil (Blood Simple), escrita y dirigida en fraternal compañía.

Sangre fácil es un thriller que entronca con la mejor tradición del cine negro serie B, y ya sabéis que lo de la serie venía por cuestiones de presupuesto/potencial comercial, no (necesariamente) por la calidad. El tema será recurrente a lo largo de las películas Coen: el mundo del crimen es lo que origina sus historias. En este caso, el desencadenante es el plan de Marty (Dan Hedaya), un cornudo propietario de bar, para deshacerse de su esposa Abby (Frances McDormand) y su amante Ray (John Getz).

La protagonista femenina debutó en el cine con esta película, interpretando a una dama sobrada de personalidad. La oportunidad surgió porque la señora McDormand era en ese momento, y continúa siendo, pareja de Joel Coen. Sin embargo, más allá del nepotismo (que resultaría en su participación en cuatro películas más de los hermanos), hay que decir que desde entonces ha protagonizado por cuenta propia una sólida carrera en el séptimo arte.

En realidad una de las características definitorias de los Coen es su notable habilidad para el casting, utilizando rostros peculiares y expresivos que puedan potenciar sus generalmente ya exagerados personajes. En virtud de esta inclinación, a lo largo de los años han ido constituyendo un núcleo duro interpretativo, con nombres que iremos viendo repetidos en los distintos créditos.

En Sangre fácil, la historia inicialmente sencilla se ve aderezada por una serie de macabras coincidencias que hacen que cada parte del triángulo entienda de manera diferente lo que está ocurriendo, y en la forma de un simple mechero realizan un MacGuffin cuyo resultado satisfaría al mismísimo Hitchcock.

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Como no podía ser de otro modo, la ópera prima contiene las directrices del estilo cinematográfico de los autores. Planos que veremos repetirse, como el travelling frontal de inspiración kubrickiana, o el usual número musical, en este caso con el estupendo rhytm’n’blues It’s the Same Old Song, a cargo de The Four Tops. La música también es empleada para contrastar alguna situación dramática, al estilo La naranja mecánica, y al margen de las canciones que aporta la memoria pop, la partitura firmada por Carter Burwell resulta en minimalistas apuntes de piano que encajan perfectamente en el ADN creativo de los hermanos, obsesivo con la descripción detallada de cualquier proceso. Además introducen un par de tipologías de personajes que serán recurrentes, por un lado la dualidad de lacónicos contra verborreicos, y por otro la figura del Adversario, un personaje terrible que encarna la maldad o la Muerte para los “héroes” de los Coen, en este caso el desagradable detective interpretado por Michael Emmet Walsh.M_Emmet_Walsh_at_the_2009_Tribeca_Film_Festival

Asimismo aparece el gusto por la cruda exposición de la violencia y/o sus resultados, un rasgo que comparten con un buen número de los autores contemporáneos. De este modo, aunque Tarantino se lleve la fama, en este film ya aparecían los inconvenientes de evitar la sangre en la tapicería del coche…

Otro de los aspectos que pasan a convertirse en parte importante del sello de autor de los hermanos es la cuidada fotografía, con una iluminación que busca el claroscuro y contribuye a la tensión dramática, a cargo de Barry Sonnenfield.

La segunda película de los Coen cambia radicalmente el tono. También he de decir que fue el disfrute infantil de su visionado fue lo que me metió, diría que definitivamente, en el cine de esta pareja, con lo cual mi objetividad está en entredicho. Pero la objetividad siempre está en entredicho… El caso es que Arizona Baby (Raising Arizona, 1987) es Raising-Arizona-Posteruna disparatada comedia, llena de desenfrenado slapstick digno de los más desquiciados dibujos animados (el homenaje se hace patente con el tatuaje del Pájaro Loco compartido por H.I. y Leonard Smalls). H.I. McDunogh (Nicholas Cage) es un delincuente de poca monta que se enamora de Edwina (Holly Hunter), agente de la Ley con quien se casa e intenta reformarse. Pero la mayor ilusión de ‘Ed’ es ser mamá, y sin embargo la pareja se encuentra con un impedimento biológico… a la vez que el multimillonario Nathan Arizona anuncia la venida al mundo de sus quintillizos. El secuestro de uno de esos bebés da inicio a la locura.

Si antes hablamos de la afición al histrionismo interpretativo de los Coen, qué diremos de Nic Cage… pues que este film, junto a un puñado de otras obras (Corazón Salvaje, Al límite, la versión de Teniente corrupto de Herzog), es lo que me hace simpatizar con el sobrino de Coppola, a pesar de sus desagravios reiterados al oficio dramático. Infravalorada, la película entretiene y ofrece momentos icónicos, entre ellos la física interpretación del gran John Goodman (que inicia aquí su colaboración con los hermanos) y la presencia de Randall ‘Tex’ Cobb como Leonard Smalls, el caricaturizado cazarrecompensas del infierno que asume en esta comedia el rol de Némesis de los protagonistas.

En su tercer largo, los Coen toman un enfoque marcadamente de época, al ambientar la película en los tiempos de la Prohibición. Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, 1990) narra una guerra de gángsters entre irlandeses e italianos. El protagonista, Tom Reagan (Gabriel Byrne en su mejor papel en el Tom Reagancine, junto al Dean Keaton de Sospechosos habituales), consejero de Leo (Albert Finney), el jefe del grupo irlandés, navega entre un complicado triángulo sentimental y los turbios negocios de su oficio. Por el camino, se convierte en un saco de arena, continuamente apaleado por unos y otros. Marcia Gay Harden interpreta a Verna Bernbaum, una femme fatale alejada de los tópicos, y John Turturro es su hermano Bernie, el origen de la discordia entre bandas. En el lado italiano, el chaparro Jon Polito es Johnny Caspar, jefe mafioso, y J.E. Freeman interpreta al terrorífico Danés, su mano derecha.

Esta sería la última colaboración entre Barry Sonnenfield (quien luego se pasaría a la dirección con desigual fortuna) y los hermanos, y el director de fotografía no pudo dejar mejor sabor de boca. La nitidez de la imagen, con sus colores fríos y una iluminación virtuosa en los primeros planos, es realmente destacable, y unida a una magnífica banda sonora a cargo de Carter Burwell, de inspiración celta, hacen de la película toda una experiencia sensorial. Los diálogos son rápidos y cortantes, con la natural osadía de un Dashiell Hammett:

El resultado final es una impecable revisión moderna del género del hampa, pero no llegó sin sufrimiento. Durante la escritura del guión de Muerte entre las flores, los hermanos sufrieron un bloqueo artístico. Se tomaron un descanso del proyecto y en tres semanas escribieron el guión de una película sobre un escritor bloqueado…

El resultado es Barton Fink (Barton Fink, 1991), obra que explora una vertiente surrealista latente en el discurso de los Coen. John Turturro encarna al protagonista, un joven autor que pasa de hacer teatro comprometido en Nueva York a trabajar como un guionista más para uno de los grandes estudios del Hollywood dorado. La presión de los plazos le podrá y se encontrará atrapado por la página en blanco.

El actor italoamericano realiza un concienzudo trabajo para sostener la extraña narración, dotada de tintes auténticamente kafkianos, construyendo un personaje alienado que, por si fuera poca la angustia de reconocer la miseria de su sueño profesional, debe soportar a un entrometido vendedor de seguros interpretado por John Goodman, vecino de habitación en el fantasmagórico hotel donde se aloja Fink.

Una película asfixiante que sin embargo fue muy bien recibida por la crítica, por primera vez alguna película Coen recibió nominaciones a los Óscar (en total tres) y además arrasó en Cannes, donde ganó la Palma de Oro, Joel Coen obtuvo el reconocimiento al mejor director y Turturro resultó el mejor actor.

A continuación, los Coen reincidirían en el conflicto entre el individuo iluso y la brutal realidad, todo ello contenido en la pequeña fábula surrealista de El gran salto (The Hudsucker Proxy, 1994).

Norville Barnes (Tim Robbins) es un inocente empleado de una gran compañía neoyorquina de los años 50, que se ve ascendido a la presidencia como parte de un complot urdido por la mesa directiva, encabezada por el despiadado Sydney Mussburger (Paul Newman). Pero la intrépida periodista Amy Archer (interpretada por una Jennifer Jason Leigh que exagera todo lo que no ha hecho en el resto de su brillantísima carrera, y luego un poco más) investigará las turbias maniobras empresariales que esconde Industrias Hudsucker.

El tono decididamente mágico recuerda al cine de Tim Burton. Esto puede sonar algo negativo a día de hoy, pero no lo era tanto hace veinte años. Robbins se muestra voluntarioso en su interpretación de Barnes, sacando a relucir su patentado aspecto alucinado para componer un más que tontuno antihéroe cuya peripecia acaba por resolverse de manera fantástica (por cierto, utilizando el polémico cliché del Magical Negro). El producto está estéticamente logrado pero no acaba de conseguir una tensión o ritmo suficientes como para implicarnos en el liviano cuento de hadas, más allá de la imponente presencia de Newman, siendo el resultado de todo ello una tibia recepción crítica y un claro fracaso de taquilla.

Diez años después de su impactante debut, que los puso a la cabeza del entonces incipiente cine indie (Sangre fácil fue premiada en Sundance), por primera vez las expectativas parecían superar la capacidad de sorprender de los de Minnesota. Pero en realidad se trataba sólo del principio.

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