lunes 18 de diciembre de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online

FILMOGRAFÍA A CUATRO MANOS (III): MADUREZ

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En pasadas entregas deambulamos por la obra cinematográfica de los Coen sin profundizar demasiado en el hecho concreto de la colaboración fraterna en el trabajo. La sabiduría popular proclama que donde se come no se caga y sin embargo en el cine han proliferado, desde el mismo inicio del invento con Auguste y Louis Lumière, las parejas de hermanos que firman conjuntamente películas.

Un repaso rápido arroja apellidos como los Taviani, Zucker, Farrelly, Wachowski, Wayans o Hughes. Sin ir más lejos, los Dardenne son los niños mimadosFrères_Dardenne_Cannes de la crítica europea ahora mismo; la ausencia de parejas de hermanas directoras no hace sino reflejar el machismo existente en el arte cinematográfico, donde el porcentaje de creadoras (y su importancia jerárquica) es inferior al que se da en la literatura, por poner un ejemplo.

¿Qué indican todas estas colaboraciones? Lo más probable es que demuestren que la aspiración del difunto Stanley Kubrick (tan admirado por los propios Coen) de que el cine, como las formas de arte clásicas, debe ser una obra cuya responsabilidad corra a cargo de un individuo, resulta desproporcionada por la propia naturaleza de las películas comerciales. Muchas variables que controlar hacen de la presencia de dos cerebros una herramienta útil para mejorar la calidad del producto y mantener un elevado ritmo de producción, a la vez que se reduce el desgaste psicológico inherente a las decisiones definitivas. De hecho, a Joel y Ethan se les conoce en el mundillo de Hollywood como el director bicéfalo, debido a su modélica sincronía a la hora de defender la visión compartida que tienen de las películas.

Claro que no funcionará en todas las familias, en la mayoría seguro que no, pero probablemente el vínculo sanguíneo ayude a dar estabilidad a estos tándems frente a otros equipos de dirección que no comparten esa historia que tod@s tenemos con nuestros respectivos orígenes.

Tras esta reflexión sobre egos y trabajo en equipo, retomemos el comentario de las películas, que son lo interesante de esta gente. Habíamos dejado la cosa en 2004 con Ladykillers, una ligera decepción que dio paso a la dirección de sendos cortos en los films colectivos de origen galo y alcance internacional Paris, je t’aime (2006) y Chacun son cinéma (2007).

Irregulares por definición, estas películas funcionan como declaración oficial del estatus de los directores que colaboran en ellas: así, compartieron créditos con los hermanísimos, entre otr@s, gente como Théo Angelopoulos, Olivier Assayas, Jane Campion, Isabel Coixet, Alfonso Cuarón, David Cronenberg, Atom Egoyan, Alejandro González Iñárritu, Aki Kaurismäki. Abbas Kiarostani, Takeshi Kitano, David Lynch, Roman Polanski, Walter Salles, Lars Von Trier, Wim Wenders o Wong Kar Wai.

posterMás relevancia tendría su siguiente largometraje, la adaptación a la gran pantalla de la novela de Cormac McCarthy No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007). En este caso los Coen deben renunciar a una de sus características habituales, el humor, aunque sea en contrapunto negrísimo: en el mundo de McCarthy no hay espacio para tales veleidades. Sin embargo, el minucioso estilo de los hermanos se muestra ideal para la pormenorizada descripción de la atrocidad tan del gusto del escritor estadounidense.

La acción transcurre en el territorio fronterizo entre los States y México, en Texas, a principios de los ochenta. Llewelyn Moss (Josh Brolin), un cowboy con pasado en el Vietnam, se encuentra con el dantesco resultado de una operación de tráfico de drogas que acabó con diferencias entre las partes implicadas y un masivo tiroteo. Moss se queda con el dinero presente en la escena del crimen, y la película acaba consistiendo en su huida, tanto de las autoridades que investigan los múltiples homicidios, encabezadas por el sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), como de los elementos del hampa que buscan recuperar el botín, y que envían para ello al despiadado asesino Anton Chigurh (Javier Bardem).

Como es habitual en las obras de los Coen, la envoltura técnica es uno de los aspectos a destacar, con una nítida fotografía del habitual Roger Deakins que desnuda los amplios horizontes del paisaje tejano. Carter Burwell construye otra eficaz banda sonora, y desde luego una de las bazas de esta multipremiada cinta es el trabajo del trío protagonista: Brolin Jr. como el héroe lacónico con el que forzosamente simpatizamos, Tommy Lee Jones haciendo su enésimo sheriff curtido, en esta ocasión superado por el horror de los hechos que investigan, sin que la repetición evite que lo vuelva a bordar; y por último un Bardem sobrio en su totalmente desmedido rol como puro vector de Destrucción, por el que recibió el Oscar a la mejor interpretación, primer y hasta la fecha único actor español que ha recibido el galardón de la Academia de Hollywood (¿la única actriz española con ese premio? Su mujer. Para que luego hablemos del fin de las castas…).

bardem

Al año siguiente llega un nuevo trabajo de los Coen, y en un comprensible cambio de rumbo, pasan del thriller nihilista a una ligera comedia negra, ambientada en el mundo de los espías, tan querido por cine y literatura, sobre guión original firmado por, como siempre, ellos mismos. Vuelven a contar con Frances McDormand y George Clooney, quien además se trae a su colega Brad Pitt, e incorporan a un careto tan peculiar y acostumbrado a la autocita como el de John Malkovich, que encaja perfectamente en el aparente ideal interpretativo de los de Minnesota.

Quemar_despues_de_leerLa película, titulada Quemar después de leer (Burn After Reading, 2008), arranca con las memorias del ex-analista de la CIA Ozzy Cox (Malkovich), despedido por la Agencia y despechado contra ella, cuyo contenido cae en poder de la dicharachera acomplejada Linda (McDormand) y el tarado intelectual Chad (Pitt), trabajadores de un gimnasio que buscarán utilizar la información para ejecutar un lucrativo chantaje. Añadimos al seductor Harry Pfarrer (Clooney, en su comentada impostura cómica), quien mantiene un affaire con la mujer de Cox (la andrógina Tilda Swinton) y la situación está montada. Por cierto, a pesar de ser algo mojigatos en la representación explícita del sexo, a diferencia de otros, los hermanos utilizan la coartada erótica para un chiste complementario, cosa ya vista a lo largo de su carrera, empezando con la confesión anal de Sangre fácil

La película Coen de 2009 es Un tipo serio (A Serious Man), obra menor si consideramos los nombres que figuran en el reparto, pero que no obstante tiene su interés. Si bien las peculiaridades del judaísmo ya habían aparecido tangencialmente en algunas piezas de la filmografía de los hermanos, es en esta cinta que adquieren un valor central mientras seguimos las andanzas de Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), un profesor de Física del Medio Oeste estadounidense en los 70 al que básicamente le pasan las de Job y alguna más.

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Tras el extraño prefacio (una anécdota en hebreo entre judíos ucranianos decimonónicos), somos testigos de la tranquila, aburrida, vida familiar de Larry, un hombre íntegro cuya existencia empieza a desmoronarse en un momento dado. Ante la adversidad, acaba buscando consejo rabínico y, una vez más, la sabiduría se muestra perturbadoramente cercana al vacío (los Coen parecen apostar siempre por el vacío). Entre un impresionante desfile de actores judeoamericanos la película transcurre, divertida en el plan morboso de la vergüenza ajena, hasta un brutal final que lo pone todo en perspectiva (abierta).

Después de este ejercicio convenientemente intimista, Joel y Ethan volvieron a firmar una versión… y como en la ocasión previa salieron escaldados, aunque por lo menos supuso su reunión con Jeff Bridges, quien cumple sobradamente en su papel de veterano y borracho cazarrecompensas. La película en cuestión es Valor de ley (True Grit, 2010) y se trata de una versión de True Grit (Henry Hathaway, 1969), western que significó el único Oscar que ganó John Wayne.

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Notable estéticamente y con adecuadas interpretaciones, tanto de Bridges recogiendo el guante del Duque como de la repelente niña coprotagonista, Hailee Steinfield, además de la sobriedad característica en Matt Damon, la obra no engancha tanto como debiera, flojea de ritmo y se hace finalmente larga. No obstante, tuvo una recepción crítica que oscilaba entre positiva y desatadamente elogiosa, con lo cual esta gente vio cosas que yo no vi. Quizá disparidad de criterios, o quizá que en esa profesión, como en muchas otras, a veces se toca de oído.

Y por fin llegamos a la actualidad, a la película que tienen en cartelera los hermanos Coen, A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013). El tal Davis (interpretado por Oscar Isaac) es un bastante fracasado cantautor blues-folk en la meca de ese estilo musical, el barrio neoyorquino de Greenwich Village, a primeros de la década de los sesenta. Como ya ha quedado claro, nunca hay nada que reprochar a la factura formal de las obras de esta gente, que están entre quienes han definido lo que es una imagen moderna: en esta ocasión utilizan una paleta fría y apagada al estilo beatnik, previa a la explosión de color que asociamos a la década, pero que es más de mediados y finales de la misma. La música, importante desde luego en la cinta, está producida de nuevo por el gran T-Bone Burnett, y repasa los clásicos estilos acústicos norteamericanos, incluidas sus trabajadas armonías vocales.

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En cuanto a la historia, se aleja del patrón habitual Coen, presentándonos un drama costumbrista ambientado en la precariedad del artista independiente, si bien a medida que transcurre el metraje aparecen algunos momentos de humor patético marca de la casa. Al final se queda en un intenso y acertado retrato del protagonista, a quien apenas presta contrapunto la resultona Carey Mulligan. Se dice que Isaac será uno de los candidatos al eunuco dorado en la próxima edición de los premios de la Academia, y la verdad es que se marca un papelón, componiendo un personaje no tan mezquino como superado por los bandazos de la existencia. Esos (grandes) ojos reflejan un cansancio que únicamente no podrá identificar quien no haya vivido…

En resumen, una obra sencilla y redonda, que demuestra que, afortunadamente, los Coen todavía aportan algo a las salas del mundo. Que dure.

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