jueves 19 de septiembre de 2019 -
A Revolta | Magazine Cultural Online
Los Borrachos de Velázquez

Tal y como escribió Borges –y el tiempo no parece haber cambiado este hecho- podemos continuar afirmando que el vino fluye rojo a lo largo de las generaciones/como el río del tiempo  y en el ancho camino/nos prodiga su música, su fuego y sus leones. Y tanto es así, que desde que la esposa de Caná se regocijó sabiendo que con Jesús de invitado estelar, el tinto estaba garantizado, la inmortal y afrutada bebida ha sido constante protagonista de innumerables momentos a lo largo de la historia de la Humanidad.

Los griegos fueron de los primeros en catar el buen hacer del vino en las enfermedades del espíritu, tanto, que le adjudicaron una divinidad protectora, conocida en mitología con el nombre de Dioniso. Fruto de los amores ilícitos entre Selene y Zeus, este dios griego del vino, fue aleccionado por Sileno, un sátiro borrachín que le enseñaría los secretos del néctar de dioses y de su savoir faire, algo que a día de hoy le agradecemos cada noche de tristeza en el alma.

Bacanal de Rubens

Los romanos, que no quisieron quedarse atrás, también se buscaron un dios, le llamaron Baco y lo colmaron de fiestas tan entretenidas como las Bacanales o las Anestesias. En ellas se llevaban a cabo celebraciones licenciosas y orgiásticas, mascaradas, danzas acompañadas de música y auténticas fiestas desenfrenadas.

De estos eventos, la música y la literatura sacaron tajada. La primera obtuvo a cambio de los excesos mundanos del vino, los Ditirambos  o composiciones poéticas  dedicadas a Baco, una suerte de versos y músicas que imitaban el delirio de la embriaguez; y por supuesto, las Aulodias, que se componían de un solo vocal acompañado por el Aulos, una especie de oboe.

La literatura, por su parte, también ha de agradecerle al vino -aunque sea paradójico-, el nacimiento de lo trágico, pues fue en estas fiestas en donde se empezaron a llevar a cabo las pequeñas representaciones que derivarían en lo que hoy conocemos en el ámbito teatral como Tragedia.

Cartel de Días de vino y rosas

Visto pues el éxito de los festines griegos y romanos, tampoco los cristianos quisieron prescindir de este placer regalado al paladar, así que se las apañaron para que en su “Estatut” más preciado, este asunto del vino no se pasase por alto. Y así, los Proverbios bíblicos, recogen lo siguiente: “Dad la sidra al desfallecido y el vino al de ánimo amargado: que beban, que se olviden de su necesidad y no se acuerden más de su miseria”… y por si la postura de su Dios quedaba poco clara al respecto de si se debía o no mojar el gaznate, por aquel entonces, el Eclesiastés despejaba las dudas de la siguiente manera: “Anda como tu pan con gozo y bebe tu vino con alegre corazón, porque tus obras ya son agradables a Dios”. Así que, dado el visto bueno por el “jefe”, algún avispadillo que no quería quedarse sin su ración de buen vino tampoco el domingo, se sacó de la manga el tema de la Eucaristía… qué mejor que celebrar la muerte y resurrección del creador de los cristianos con una buena copa de vino – con ese plan de marketing el éxito estaba garantizado- , así que con toda su desvergüenza y con la mejor metáfora inventada en la historia de la humanidad, cambió el cauce de las venas del hijo de Jesucristo por un buen caudal a base de uvas Sauvignon o Pinot Noir, de manera que cada vez que se recordase su muerte (al menos una vez a la semana) pan y vino no faltasen en la mesa.

Y así fue, corrió de boca en boca, el asunto de la feliz bebida y empezó a ser protagonista de cuadros como los de Tiziano en el XVI, o los de Caravaggio en el Barroco y ya jugando en casa, Velázquez, que en “Los Borrachos” metió al pobre Baco en una spanish party en toda regla… así que desde entonces el vino corrió por los museos de España y olé.

Otros creadores también se han acordado del vino y el propio Baudelaire le puso el alma en sus versos, mientras que el director de cine Blake Edwards se encargó de ponerle cuerpo en la voz del protagonista de “Días de vino y rosas”, sin ir más lejos con la mítica frase con que comienza la película: “Me llamo Joe Clay y soy alcohólico”…

Así que después de tanta historia a sus espaldas, resulta difícil piropearle sobre todo cuando los sumilleres de medio mundo le han llamado ya: robusto, sólido, de buen cuerpo y notable intensidad, aroma profundo y sabor recio… tal vez por todas estas cualidades, en las noches solitarias no hay mejor compañero, ni que despierte más pasiones, que dormirse acurrucada como diría Baltasar de Alcázar  “con dos tragos del que suelo/llamar yo néctar divino,/y a quien otros llaman vino…/porque nos vino del cielo…”.

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