domingo 19 de noviembre de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online
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El pasado domingo, poco antes que la dichosa Superbowl reventase los registros históricos de audiencia en una emisión televisiva, fue anunciada la muerte de uno de los mejores actores estadounidenses del momento, el genial Philip Seymour Hoffman.

A la temprana edad de 46 años, la causa del óbito nos lleva al consumo de drogas, en concreto heroína. Sin embargo, este muy modesto recordatorio de la pérdida que el mundo artístico acaba de sufrir evitará caer en la tentación de moralismos o mitomanías asociad@s al manido tópico que relaciona la intensidad interpretativa con los calvarios de la adicción, sus cimas imposibles y sus despeños fatales.

Queremos ofrecer por contra un homenaje al talento dramático de quien consiguió siempre a lo largo de su carrera, en papeles principales o secundarios, e incluso en alimenticias películas menores (de todo tiene que haber en un oficio tan volátil), aportar humanidad, credibilidad pues, a sus personajes. Existen en su filmografía varios trabajos en los cuales recorre todo el espectro entre la miseria y la grandeza humanas, interpretaciones intensas y complejas que resumen el oficio y la sensibilidad de este versátil actor. Aquí, en lugar de hacer un listado que repase todas sus apariciones en pantalla, o tan siquiera las más importantes, analizaremos uno de estos grandes roles como mera muestra de la capacidad de Hoffman, y aprovechando, profundizaremos en una importante película que apenas tuvo repercusión comercial en España, Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008).

Se trata de la única incursión en la dirección por parte del señor Kaufman, quien sin embargo es considerado (y justamente) uno de los nombres importantes del cine contemporáneo, gracias a su brillante labor como guionista: suyos son los textos de Cómo ser John Malkovich, Human nature, Adaptation (El ladrón de orquídeas), Confesiones de una mente peligrosa y ¡Olvídate de mí!, todas ellas obras que desafían al espectador sin faltarle al respeto, algo que es más difícil de lo que parece.

Por supuesto, dado el calibre dramático del difunto, no se trata del único director de prestigio que recurrió al regordete neoyorquino: Hoffman era el actor fetiche del excesivo pero brillante Paul Thomas Anderson, quien recurrió a él en cinco ocasiones, y venía de rodar en 2007 el thriller dramático Antes que el diablo sepa que has muerto, última película de Sidney Lumet, quien la firmó con ¡83 años!, poniendo un extraordinario colofón a su carrera. Incluso tuvo un pequeño papel en la obra definitiva de los hermanos Coen, El Gran Lebowski.

Pero volvamos a Synecdoche, New York: la historia (con guión original del propio Kaufman, por supuesto) sigue la vida de Caden Cotard (Hoffman, en pantalla la práctica totalidad del metraje), un director teatral cuya vida familiar muestra síntomas de descomposición a la vez que empieza a preocuparse por su estado de salud. A decir verdad, el film juega constantemente con la certidumbre de la mortalidad, lo cual puede parecer cruel dadas las circunstancias, pero como en otros guiones de Kaufman, se producen situaciones que de tan dramáticas pasan al absurdo, haciendo aflorar la sonrisa del espectador. Por otra parte, el surrealismo se introduce pronto en la narración, y no va a menos cuando Cotard, galardonado con una beca, la emplea para una mastodóntica producción de teatro carente de guión, que se inspirará en su propia vida.

La interpretación del protagonista, quien demostró sobradas veces que podía con el histrionismo más exacerbado, se decanta por la contención, no hierática, sino puramente expresiva, que transmite el dolor y el desconcierto que acompañan a los avatares de la existencia. Enfrente, un puñado de actrices de primer orden: Hope Davis, Catherine Keener, Jennifer Jason Leigh, Diane Wiest, Michelle Williams y unas como siempre espléndidas Samantha Morton y Emily Watson actuando como Mortoncontrapeso al atormentado Cotard, además de un personaje sorprendente a cargo de Tom Noonan. El excelente guión es ejecutado milimétricamente por este brillante elenco, y la sutil banda sonora (a cargo de Jon Brion) ayuda a emocionar, más allá de la reflexión a la que la compleja estructura del texto obliga.

En la película, uno de los personajes vive en una casa que arde constantemente, sin que nada haga nadie para remediarlo. Ardemos en vida, y con la muerte nos apagamos, pero el arte puede hacer inmortales nuestras señales de humo. Philip Seymour Hoffman ya forma parte de la historia de la cinematografía. El rey ha muerto, larga vida al reino.

 

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