sábado 21 de octubre de 2017 -
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HISTORIAS DE AYER, HOY Y SIEMPRE

Un vistazo a la última película de Wes Anderson

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Del cineasta norteamericano Wes Anderson se pueden decir bastantes cosas. Por ejemplo, que poca gente ha hecho más en este siglo por la estética vintage, y eso es mucho decir considerando el punto del ciclo de la moda que actualmente padecemos.

Wes AndersonPero no es únicamente su personal estilo visual el que sustenta la pretensión de autor (en el sentido clásico patentado por Cahiers du Cinema) de Anderson: cualquier persona familiarizada con el conjunto de su obra podrá identificar una serie de factores comunes, desde referencias que se repiten a una casi constante fórmula para la combinación de drama y comedia, pasando por la propia estructura de sus historias y personajes, repetidos a lo largo de todas y cada una de sus cintas. Sin embargo, ese mismo carácter reconocible hace difícil considerar un pleno acierto una película a todas luces disfrutable como es El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014), simplemente por una cuestión de dèja vu.

Mi historia personal con el texano Wesley comenzó hace ya unos cuantos años, cuando cogí una película empezada en el Plus de la cual no tenía la más mínima referencia, y que me atrapó de inmediato por su mezcla de las emociones de alto voltaje propias en la juventud con un humor desconcertante, naïve pero demoledor. La película en cuestión era Academia Rushmore (Rushmore, 1998), segundo largometraje del director, y sigue siendo una de mis obras favoritas, tanto de Anderson como de la historia de la comedia cinematográfica.

A partir de ahí se me puede catalogar como fan del artista, y acudiendo a las salas para cada uno de sus estrenos junto a algunos amigos que comparten el gusto por la estrafalaria visión del desatino humano (y animal) característica de sus relatos. Convertida la peregrinación en un ritual, en 2014 no faltamos a la cita, que además la deflación está haciendo menos sangrante ir al cine, y se aprovecha.

El gran hotel Budapest empieza con el viejo recurso, ya empleado en el Quijote, de la historia dentro de una historia. Una serie de retrospectivas nos deja en los años treinta, en un lujoso y aislado hotel de un ficticio país de Europa central, para acabar enfocando la relación entre Gustave H. (Ralph Fiennes), conserje del Grand Budapest, y Zero Moustafa (el debutante Tony Revolori), novato botones del mismo. Este nudo argumental no es nada nuevo en la filmografía del director, lo que nos lleva al problema de apreciación reseñado anteriormente.

Anderson ha escrito o coescrito todas sus películas, lo que ayuda al reconocimiento inmediato de sus historias pero a la vez limita la variedad de las mismas. La relación entre Gustave y Zero es una muestra más del tema subyacente en todas sus películas, construidas alrededor de una relación paterno filial, ya sea biológica o accidental, en la que en ocasiones el individuo mayor se muestra caprichoso e inmaduro y el más joven insospechadamente adulto.

Hagamos un repaso: Ladrón que atrapa a un ladrón (Bottle Rocket, 1996), coescrita con Owen Wilson, se centra en la amistad entre el trío protagonista, pero planea sobre toda la película la influencia que sobre Dignan (Owen Wilson; en la peli salen todos los hermanos Wilson, que prosperaron en el cine de mano de Owen, colega universitario de Anderson) ejerce el señor Henry (un muy profesional James Caan) para iniciar una carrera criminal. La mencionada Academia Rushmore sigue las peripecias de Max Fischer (Jason Schwartzman), un estudiante inasequible al desaliento, en su amistad a la par que rivalidad con Herman Blume, un hastiado millonario interpretado por el genial Bill Murray. En Los Tenenbaums. Una familia de genios (The Royal Tenenbaums, 2001), película por la que Anderson y Wilson fueron nominados al mejor guión original, Gene Hackman interpreta a Royal Tenenbaum, un profundamente desagradable abogado, regresa a la familia que abandonó y a sus traumatizados hijos (la crítica habló mucho de la influencia literaria sobre esta obra, citando a Salinger, pero las referencias a La broma infinita de Foster Wallace parecen mucho más evidentes).

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Life Aquatic (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004) trata sobre el encuentro entre Steve Zissou (Bill Murray, como un trasnochado émulo de Cousteau) y su supuesto hijo ilegítimo Ned Plimpton (Owen Wilson), mientras que en Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007) es la muerte del progenitor la que desemboca en la reunión de los tres hermanos Francis, Jack y Peter (Wilson y Schwartzman de nuevo, y Adrian Brody). El brillante trabajo de animación Fantástico Sr. Fox (The Fantastic Mr. Fox, 2009), adaptación de una obra de Roald Dahl (magnífico escritor británico de origen noruego, capaz de destacar tanto en la literatura infantil como en relatos picantones), también pivota en la relación entre el siempre brillante Fox (con la voz de George Clooney) y su más bien rarito hijo Ash (Schwartzman). Finalmente, en Moonrise Kingdom (2012), penúltimo largo del director, el desencadenante de la trama es la fuga de un par de adolescentes marcados por sus problemáticas familiares, pues él es huérfano y ella reciente testigo de la infidelidad materna.

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No hace falta dominar la obra de Freud o Jung para detectar la larga sombra de Edipo y Elektra en estas historias, más cuando el propio Wes ha reconocido que el divorcio de sus padres fue el acontecimiento que marcó su infancia. Si logramos convivir con que El gran hotel Budapest no es sino otra vuelta de tuerca sobre el mismo trauma, la película ofrece más o menos lo que se espera, una divertida aventura, no exenta de reflexión nostálgica, con el valor añadido de un Fiennes que se confirma como gran actor al salir más que airoso de un papel humorístico, bien distinto a los que nos tiene acostumbrado.

El punto débil del director ha sido siempre el ritmo de la narración, y todavía no tengo una opinión formada sobre si la típica presentación en capítulos que adopta Anderson en sus obras, y que tan vívidamente nos recuerda a la literatura, es causa o consecuencia de ese problema; en la cinta que hoy nos ocupa los altibajos no son tan acentuados como en otras ocasiones, aunque se repite por ejemplo esa incómoda meseta de intensidad para cerrar la trama.

El_gran_hotel_Budapest-cartelUna tacha mayor en la película resulta el escaso desarrollo de los personajes, probablemente acentuado por la costumbre de repetir casting del director: el reparto resulta absolutamente estelar, pero Mathieu Amalric, Bob Balaban, Harvey Keitel, Bill Murray, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Tom Wilkinson y Owen Wilson tienen cameos mínimos, mientras que Jeff Goldblum, Jude Law, F. Murray Abraham y Edward Norton (quien no me acaba de convencer para la comedia, como tampoco lo hace su doblador) cuentan con algunas líneas más, pero con todo sus aportaciones se ven reducidas a un par de escenas salpicadas a lo largo del metraje. Saoirse Ronan hace un rol bastante típico en Anderson, el idealizado personaje femenino contrapeso de los neuróticos protagonistas masculinos. Por último, Adrian Brody y Willem Dafoe caricaturizan a sus personajes, que como en todos los (escasos) villanos del autor, de tan grotescos acaban resultando entrañables.

Sin embargo, visto el resultado de taquilla, la práctica de juntar caras conocidas no resulta nada mal desde el punto de vista económico.

Mi valoración del conjunto es ligeramente decepcionante, aunque he de decir que una de las cosas que me falta respecto a otras obras de Anderson es un acierto de ambientación: por cuestiones de época, renunciar en la BSO al conjunto de temazos de la historia del rock recopilados por Randall Poster y Mark Mothersbaugh (Devo) habitual en el resto de la filmografía del director parece lo correcto.

Será que no se puede tener todo, pero sí una razonable cantidad de lo que gusta.

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