domingo 19 de noviembre de 2017 -
A Revolta | Magazine Cultural Online
Parlamento

A finales de este mes se celebrarán las elecciones al Parlamento Europeo, como cada quinquenio -y es curioso que la Europa liberal haya adoptado este período tan típicamente soviético.

Llevamos ya bastante tiempo adoctrinad@s sobre la importancia de participar en esta ceremonia, leyendo a diario en los titulares de prensa que las justificaciones a las políticas económicas, laborales y sociales vienen de Bruselas. Sin embargo, en los dos últimos comicios la abstención ha superado a l@s votantes, lo que pone muy en tela de juicio la necesaria legimitación del poder democrático, y en esta ocasión todo hace indicar que la tendencia no hará sino mantenerse y pronunciarse.

¿Cuáles son las causas de esta renuncia a decidir de una mayoría del electorado? La primera va implícita en el párrafo anterior, y es que la sede del Parlamento está en Estrasburgo, pero la realidad política de la Unión es que el Parlamento no detenta la exclusividad legislativa europea, sino que la comparte con el Consejo de la Unión Europea, con sede en Bruselas, órgano compuesto por representantes de los distintos gobiernos de los Estados miembros de la Unión. El Consejo es, por tanto, una entidad mucho más reducida y ágil, en la que los intereses nacionales son defendidos mediante alianzas, presiones y chantajes, lo que viene a ser conocido como política pura y dura, de un modo más directo que en un macroparlamento de 766 miembros en el cual se agrupan con escasa coherencia ideológica diversas facciones políticas de la vieja Europa, tan variadas como su propia historia enseña.

Esta doble articulación legislativa de la Unión, y la (razonable) creencia de que al final esto se lo meriendan multilateralmente los responsables de los gobiernos nacionales explica en parte que se reste valor a la elección de representantes para la cámara de Estrasburgo. Otros factores pueden ser el mosqueo que genera que a toda medida antipopular se la etiquete made in UE (cualquier malpensad@ diría que huele a escusa de la mala por parte del responsable político de turno) o la frustración generada al incumplirse el futuro de la piruleta prometido cuando Maastricht.

Banderas

Porque analicemos en qué ha quedado la cosa: la propuesta de Constitución europea fracasa en 2004, pero el Tratado de Lisboa de 2007 reafirma varios de los aspectos más importantes del proyecto, incluyendo la consagración del capitalismo liberal por medio de la reducción del poder intervencionista de los Estados. A partir de entonces, se ha procedido al rescate financiero de Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre; España, según su Presidente Rajoy, ha evitado el rescate: lo que ha ocurrido es que le hemos pedido el dinero al resto de Estados, incrementando brutalmente el déficit público (varias decenas de miles de millones de euros de nada) para intervenir un puñado de entidades bancarias de capital privado. Pues vale.

Considerando que ni siquiera hay unidad monetaria, que para eso está el topo británico con su puerta atrás para los mercados financieros, vemos que el aspecto económico de la Unión no ha ido tan bien como se nos vendía. Y eso que siempre fue el punto fuerte de este conglomerado político; pero es que si analizamos la política exterior, la verdad es que es tan nefasta e ineficaz como su mala reputación indica. A la terrible gestión de la desintegración yugoslava sumamos una situación muy similar en Ucrania, en vivo y en directo, por hablar sólo de conflictos situados en la eurozona amplia (de las cosas más lejanas ya se sabe que simplemente toca secundar al amigo americano). Ahora bien, autocrítica ninguna: los bárbaros son los demás. Éste es, sin ningún tipo de duda, el pensamiento más influyente que hemos heredado de la antigua Grecia. Y mira que había cosas para escoger, pero nos quedamos con esto y poco más.

Al final, al margen del desencanto europeo, el más que previsible nuevo triunfo de la abstención (y da pereza pensar ya en las consiguientes tertulias de pesadilla que habrá que soportar respecto al tema en cuestión) está relacionado con la crisis vigente en el conjunto de las democracias occidentales. Porque, en un panorama de opciones limitadas, el paso del tiempo permite observar un patrón: que no vas a obtener diferentes resultados haciendo siempre lo mismo, como en aquella acertada fábula de Saramago.

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